
Rafael Quintanar González Militante fundador y defensor de la justicia social.
El resultado electoral posterior al 1 de junio, especialmente en entidades como Veracruz, Durango y en la histórica elección del Poder Judicial, evidencia con claridad el escenario político actual que enfrenta nuestro movimiento: el partido Morena.
Estos comicios, lejos de constituir únicamente una expresión democrática más, reflejan profundas lecciones sobre nuestra organización interna, el vínculo con la ciudadanía y la coherencia entre el discurso y la acción territorial.
Por un lado, es justo reconocer que el alto nivel de simpatía y aceptación que mantiene la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a nivel nacional no es casual.
Es resultado tangible de su trabajo honesto y comprometido, caracterizado por sencillez, humildad, inclusión, firmeza ideológica y una visión de Estado profundamente nacionalista.
Su liderazgo representa la continuidad legítima de los principios de la Cuarta Transformación, y su legitimidad emana de su actuar democrático y cercano al pueblo.
No obstante, los resultados en estados como Durango y Veracruz, con honrosas excepciones, contrastan de forma preocupante con el respaldo popular al proyecto de nación. La distancia entre el reconocimiento al gobierno federal y los resultados territoriales del partido Morena evidencia una desconexión que debe atenderse con urgencia.
Las políticas sociales implementadas —el apoyo a personas adultas mayores, a madres solteras, estudiantes, trabajadoras y trabajadores— no se han traducido, en todos los casos, en organización popular ni en conciencia política territorializada.
En el caso específico de la elección del Poder Judicial, es comprensible que, por tratarse de un ejercicio inédito en su tipo, el nivel de participación haya sido limitado. Sin embargo, no debemos caer en la trampa de la autocomplacencia ni justificar el desinterés ciudadano. El pueblo de México exige profundidad en la transformación, y para lograrlo, la militancia y las estructuras partidistas deben ser el puente que garantice continuidad, formación cívica y participación consciente.
Es urgente reconocer que la ausencia de una conducción nacional clara, la simulación en los procesos de afiliación y la falta de trabajo territorial real han debilitado la organización partidaria. Morena necesita, con urgencia, consolidar una reestructuración institucional seria y profunda, conforme a lo que marca la ley electoral y los principios de nuestro estatuto.
Se requiere integrar nuevas carteras en los comités ejecutivos —especialmente aquellas orientadas a la representación de los sectores vulnerables— y replicar esta estructura en los niveles estatal, municipal y seccional. Esta acción permitirá que Morena funcione como un verdadero partido-gobierno, con capacidad crítica, autogestiva y de movilización permanente.
Desde aquí convoco a las y los ciudadanos conscientes, organizados y solidarios a que se afilien, construyan comités de base en sus comunidades, sectores y centros de trabajo.
La verdadera transformación no se limita al acto de votar: implica asumir la responsabilidad de revisar las acciones de gobierno, reinventar posibles soluciones y reestructurar el ejercicio del poder con la sociedad.
Hagamos nuestras las tres R’s de esta nueva etapa: Revisión, Reinvención y Reestructuración, como ejes para profundizar la justicia social, la democracia participativa y el poder popular.
La Cuarta Transformación no es una promesa cumplida. Es una lucha constante, viva y colectiva.

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